Clifford D. Simak
Las criaturas
eran increíbles. Parecían salidas de la pluma temblorosa de un dibujante de
historietas muy alcoholizado.
Un rebaño se
apretaba en un semicírculo frente a la nave, ni asustadizas ni beligerantes,
simplemente curiosas.
Habitualmente,
cuando una espacionave se asienta en un planeta desconocido, lleva una semana,
por lo menos, que los seres vivos se animen a dejar sus escondrijos y a
acercarse a echar un vistazo.
Las criaturas
eran del tamaño aproximado de una vaca, pero en ningún modo compartían la
gracia de ese animal.
Sus cuerpos
estaban apelotonados, como si cada uno se hubiera encontrado en plena carrera
con una pared.
Y estaban tan
llenos de protuberancias como cabía esperar después de tal colisión. Sus
flancos estaban salpicados con largas manchas de colores pastel, el tipo de
color que nunca se encuentra en ningún animal que se respete: violeta, rosa,
naranja, chartreuse; nombrando sólo unos pocos.
El efecto total
era el de una labor de punto realizada por una anciana acostumbrada a tejer
alocadas colchas.
Y eso no era lo
peor.
De sus cabezas,
o de otras partes de su anatomía, brotaba un extraño tipo de vegetación, así
que parecía que cada animal se ocultaba, en forma no muy efectiva, detrás de
una maleza realizada desmañadamente.
Para completar
la situación, y tornarla completamente loca, de tal vegetación crecían frutas y
vegetales, o lo que parecían ser frutas y vegetales.
Así que allí
nos quedamos. Las criaturas nos miraban y nosotros las mirábamos, y finalmente
una se acercó hasta que no estuvo a más de dos metros.
Se paró allí,
mirándonos intensamente. Y luego cayó muerta a nuestros pies.
El resto del
rebaño tomó grupas y trotó en forma desmañada como si hubieran hecho lo que
vinieron a hacer, y ahora pudieran volver a sus naturales ocupaciones.
Julián Oliver,
nuestro botánico, se rascó la cabeza, que encanecía rápidamente, con un ademán
distraído.
- Otro
«queseyó» - se quejó -. ¿Por qué no nos puede tocar algo simple, para variar?
- Nunca son simples
- le contesté -. ¿Recuerdas ese matorral de Hamal V que pasaba la mitad de su
vida como una especie de glorioso tomate, y la otra mitad como una ortiga
venenosa en grado A?
- Lo recuerdo -
dijo Oliver tristemente.
Max Weber,
nuestro biólogo, se dirigió hacia la criatura y la tocó, extendiendo la mano
cuidadosamente.
- Lo malo es -
dijo - que el tomate de Hamal era un asunto de Julián, y éste lo tengo que
estudiar yo.
- No diría que
solamente te toca a ti - replicó Oliver -. ¿Cómo definirías a la vegetación que
crece en ellas?
Llegué lo
suficientemente rápido como para ver el comienzo de otra discusión.
Había escuchado
tales divergencias durante los últimos doce años, a través de varios cientos de
años luz, y en unas dos docenas de planetas. No podía detenerme aquí, pero iba
a tratar de posponer el asunto hasta que tuvieran algo más importante que
discutir.
- ¡Basta! - les
dije -. Nos quedan solamente dos horas antes de que llegue la noche, y tenemos
que tratar de levantar el campamento.
- Pero esta
criatura - dijo Weber -. No podemos dejarla aquí.
- ¿Por qué no?
Hay millones más. Esta se quedará aquí, y si no...
- ¡Pero se cayó
muerta!
- ¿Y qué? Era
vieja y débil.
- No, no lo
era. Estaba en su época más lozana.
- Hablaremos de
esto más tarde - dijo Alfred Kemper, nuestro bacteriólogo -. Estoy tan
interesado como vosotros, pero lo que acaba de decir Bob es cierto. Tenemos que
armar el campamento.
- Y además -
agregué, mirándolos severamente -. Observaremos las reglas, no importa lo
inocente que nos parezca este planeta. No comeremos nada, no cogeremos nada. No
saldremos a vagar solos. No nos descuidaremos en ningún momento.
- No hay nada
aquí - dijo Weber -. Sólo estos rebaños de animales. Nada más en las praderas
interminables. No hay árboles, no hay colinas. Nada.
No quería decir
que había que olvidarse de las reglas. Sabía tan bien como yo la necesidad de
cumplirlas. Simplemente, quería discutir.
- Muy bien - le
contesté -, ¿qué vamos a hacer? ¿Armamos el campamento o pasamos la noche en la
nave?
Eso decidió la
cosa. Tuvimos el campamento listo antes de que el sol se pusiera, y cuando
llegó la oscuridad nos encontró dentro. Carl Parsons, nuestro ecólogo, tenía
listo el fuego y la comida preparada, antes de que se hubiera terminado de
preparar la última de las tiendas.
Saqué mi
maletín y mezclé los alimentos que constituían mi rigurosa dieta, mientras me
gastaban bromas. Ya no me molestaba. Sus chanzas eran automáticas, y yo también
daba respuestas automáticas. Era algo que venía sucediendo desde hacía mucho tiempo.
Tal vez era mejor que fuera así. Tal vez mejor que si no les hubiera importado
nada la pobreza de mi variedad de alimentos.
Carl estaba
haciendo carne a la parrilla, y traté de ponerme donde la pudiera oler. Nunca
sucede que no pueda llegar a sacrificar mi brazo derecho con tal de poder comer
un buen trozo de carne, o cualquier otra comida normal. Este régimen dietético
que debo seguir mantiene viva a una persona, pero es lo máximo que puede
decirse a su favor.
Bien sé que las
úlceras deben curarse como una enfermedad tonta y arcaica. Pregunten a
cualquier médico, y les contestará que ya no se sufren. Pero el estado de mi
estómago y mi caja para transportar las fórmulas dietéticas prueban que todavía
existen algunos casos. Creo que es lo que pudiera llamarse un trastorno
ocupacional. Los equipos de investigación planetaria se enfrentan a problemas
muy difíciles.
Después de la
cena salimos y trajimos más cerca al extraño ser para poder observarlo mejor.
Era más raro viéndolo de cerca que teniéndolo a una cierta distancia.
No había nada
de broma acerca de la vegetación. Era verdadera, y formaba parte de la
criatura. Pero parecía crecer solamente en determinadas zonas, de determinado
color.
Hallamos otra
cosa, que prácticamente dejó a Weber boqueando de asombro. Una de las manchas
de colores tenía unos agujeros, como si fueran para poner clavijas.
Cuando Weber
extrajo su cortaplumas y se puso a hurgar en uno, encontró un animalito que se
parecía a una abeja. Hurgó en otro, puesto que casi no podía dar crédito a sus
ojos, y sacó otra abeja. Ambas muertas.
Tanto él como
Oliver querían comenzar la disección allí mismo, pero pudimos disuadirlos.
Echamos a
suertes a quién le tocaba la primera guardia, y con mi tradicional fortuna, me
tocó a mí. En realidad, no había muchas razones para mantener a uno de nosotros
despierto, puesto que se hallaba conectado el sistema de alarma, pero esas eran
las reglas y había que cumplirlas.
Tomé una
pistola y los otros dijeron buenas noches, y se metieron en sus tiendas. No
importa lo endurecido que se esté, es difícil dormir muchas horas la primera
noche que se llega a un nuevo planeta, así que los sentí charlar durante largo
rato.
Me senté en una
silla al otro lado de la mesa del campamento, donde había una linterna, en vez
de la habitual fogata. No habiendo árboles ni leña, mal podíamos encender
fuego.
Me senté, como
digo, al otro lado de la mesa, con la criatura muerta al lado opuesto, y
comencé a preocuparme, si bien no parecía que hubiera la necesidad en ese
momento.
Pero sentado a
la mesa no podía por menos de pensar y repensar sobre lo extraño de ese ser
mixto. Lo único que hice fue preocuparme en vano, así que me alegré cuando
Talbott Fullerton, el de la Doble Visión, vino y se sentó a mi lado.
Si bien mi
alegría no fue mucha. Ninguno de nosotros tenía una especial devoción por
Fullerton. Ninguno de nosotros la sentía, para ser exacto.
- ¿Está
demasiado nervioso para dormir? - le pregunté.
Asintió con la
cabeza, mirando las sombras que se extendían más allá de la luz de la linterna.
- Me pregunto -
dijo - si éste podría ser el planeta.
- No sigas
persiguiendo una fábula, un mítico El Dorado.
- Lo
encontraron una vez - dijo testarudamente -. Está bien documentado.
- Y también al
Grial, o a la Atlántida, o a las Siete Ciudades. Pero nadie los encontró porque
nunca existieron.
Se sentó donde
le daba la luz de la linterna y pude ver su expresión salvaje, mientras sus
manos se cerraban y abrían espasmódicamente.
- Sutter - me
dijo tristemente -, no sé por qué continúas burlándote. En alguna parte de este
universo debe de estar la inmortalidad. En algún lugar se ha logrado
encontrarla. Y la raza humana debe alcanzarla. Ahora tenemos todo el espacio
para buscar. Millones de planetas, y eventualmente otras galaxias. No tenemos
que hacer sitio para los que vienen detrás, como si tuviéramos que arreglarnos
en un solo planeta, o en un único sistema solar. ¡Te digo que la inmortalidad
es el próximo paso que debe dar la humanidad!
- Olvídate - le
dije, suavemente. Pero una vez que Doble Visión comenzaba a hablar de eso no se
le podía parar.
- Mira este
planeta - dijo -. Muy similar a la Tierra. Un sol adecuado. Buen terreno, buen
clima, agua en abundancia. Un lugar ideal para establecer una colonia. ¿Cuánto
tiempo calculas que pasará antes de que el hombre se establezca aquí?
- Mil años.
Cinco mil. Tal vez más.
- Así es. Y hay
incontables planetas como éste, esperando que los colonicen. Pero no podremos.
Porque no hacemos más que morirnos. Y eso no es todo...
Escuché
pacientemente el resto. Lo terriblemente perjudicial que era que los seres
humanos murieran. Me sabía la historia de memoria. Antes de Fullerton, ya
habíamos tenido otro fanático de la Doble Visión. Y antes de ése, otro. Cada
uno de estos equipos, no importa cuál fuera su destino o sus propósitos, debía
llevar a un agente del Instituto de la Inmortalidad.
Pero este chico
era un poco peor que los otros. Era su primer viaje y estaba lleno de ideales.
En cada uno bullía la intensa dedicación a un mismo propósito: que el ser
humano debía vivir siempre y que la inmortalidad podía y debía lograrse. Puesto
que la había hallado una espacionave sin nombre, proveniente de un planeta
desconocido, hacía indeterminada cantidad de años atrás.
Era un mito,
por supuesto. Tenía las características de los mitos, y despertaba la fiera
lealtad que sólo ellos inspiran. Se mantenía vivo gracias al Instituto de la
Inmortalidad, que funcionaba con fondos del gobierno, y con billones de regalos
y dádivas provenientes de los esperanzados ricos y pobres. Todos, por supuesto,
habían muerto, o lo iban a hacer, a pesar de su magnífica generosidad.
- ¿Qué es lo
que buscas? - le pregunté a Fullerton, algo aburrido -. ¿Una planta? ¿Un
animal? ¿Una persona?
Y replicó,
solemne como un juez.
- Eso no lo sé,
o más bien, no debo decirte lo poco que sé.
- Como si me
importara.
Pero seguí
pinchándolo. Tal vez sólo fuera para pasar el rato. O porque me desagradaba el
tipo. Los fanáticos me molestan. No dejan en paz.
- ¿Sabrás
cuando lo encuentres?
No me contestó,
sino que simplemente me miró con esos ojos extraviados que tenía.
Era mejor que
dejara de molestarlo. Lo haría gritar. Nos sentamos en silencio un rato más.
Sacó un mondadientes del bolsillo y se lo puso en la boca, mascándolo
distraídamente. Hubiera querido abofetearlo, puesto que mascaba mondadientes
permanentemente, y había llegado a constituirse en un hábito verdaderamente
irritante. Me parece que yo también tenía los nervios de punta.
Finalmente
terminó de escupir los maltrechos pedazos del mondadientes y se fue a la cama.
Me quedé solo, mirando hacia la nave, y la luz de la linterna iluminó la
leyenda inscrita en ella: Caph VII - Ag Survey 286, que nos identificaría en
cualquier lugar de la galaxia.
Porque todos
conocían a Caph VII, el planeta de experimentaciones en agricultura, de la
misma forma en que conocerían a Aldebarán XII, el planeta de las
investigaciones médicas, o a Capella IX, el planeta de las universidades, o a
cualquiera de los otros, sede de departamentos espaciales.
Caph VII es una
operación masiva, y los cientos de equipos de investigación similares al
nuestro eran solamente una parte de ella. Pero éramos las vanguardias que iban
a los nuevos mundos, algunos de ellos no registrados en los mapas, otros con
meras indicaciones superficiales, buscando plantas y animales que pudieran ser
de utilidad experimental.
Sin embargo, no
podíamos decir que nuestro equipo hubiera encontrado cosas muy importantes.
Habíamos hallado un césped que andaba más o menos bien en unos mundos de
Witania, pero no habíamos logrado ningún éxito que pudiera ser distinguido. La
suerte no nos acompañaba, tal como en el asunto de la hierba venenosa de Hamal.
No importaba el hecho de que nos esforzáramos tanto como el resto de los
equipos.
A veces era una
píldora difícil de tragar, cuando otros traían cosas que les valían
felicitaciones y premios especiales, mientras que nosotros nos presentábamos
tímidamente con un césped melancólico, o tal vez con nada. Esta es una vida
difícil, y no dejen que nadie les diga lo contrario. Algunos de los planetas
son asuntos verdaderamente peliagudos, y a veces los muchachos vuelven en malas
condiciones, o no vuelven.
Pero esta vez
parecía que habíamos tenido suerte. Un planeta pacífico, con buen clima,
terreno nada escabroso, sin habitantes hostiles y con una fauna no peligrosa.
Weber tardó un
poco en presentarse para su turno de guardia, pero finalmente me relevó.
Era indudable
que todavía estaba con los ojos fuera de las órbitas por el asombro que le
había causado la criatura. Le dio varias vueltas, mirándola y remirándola.
- Es el más
fantástico caso de simbiosis que jamás haya visto - me dijo -. Si no la tuviera
delante de mis ojos diría que es imposible que exista. Habitualmente la
simbiosis se asocia a seres poco desarrollados, a formas muy primitivas de
vida.
- ¿Te refieres
al arbusto que crece en los flancos?
Asintió.
- ¿Y las
abejas?
Hizo una serie
de ruidos guturales.
- ¿Cómo puedes
afirmar sin lugar a dudas que es simbiosis?
Casi se
retuerce las manos de desesperación.
- No lo sé -
admitió.
Le pasé mi
rifle y me dirigí a la tienda que compartía con Kemper. El bacteriólogo estaba
despierto cuando entré.
- ¿Eres tú,
Bob?
- Soy yo. Todo
está en orden.
- He estado
pensando - me dijo -. Este es un lugar loco.
- ¿Te refieres
a las criaturas?
- No, no te lo
digo por eso. El planeta en si. Nunca vi nada igual. Completamente desnudo. Sin
árboles, sin flores. Nada. Sólo un mar de hierba.
- ¿Por qué no?
- le pregunté -. ¿Dónde está escrito que no se pueda encontrar un planeta con
hierbas y nada más?
- Es demasiado
simple - protestó -. Demasiado limpio y amplio. Como si alguien hubiera dicho:
Hagamos un planeta simple. Eliminemos los experimentos biológicos y vamos a lo
esencial. Solamente una forma de vida, y hierbas para alimentarla.
- Te estás
perdiendo en tus propias conjeturas - proteste -. ¿De dónde sacas que esto es
así? Puede haber otras formas de vida. Otros tipos de complicaciones que no
soñamos. Sólo hemos visto estas criaturas, pero tal vez haya otras cosas.
- ¡Oh! ¡Al
diablo! - y se volvió para el otro lado.
Era un tipo que
me gustaba. Habíamos compartido la misma tienda desde hacía más de diez años, y
siempre nos habíamos llevado bien.
Muy a menudo
había deseado que sucediera lo mismo con todos. Pero eso era demasiado pedir.
La discusión
comenzó después del desayuno, cuando Oliver y Weber insistieron en usar la mesa
del campamento como mesa de disección. Parsons, que a veces hacía de cocinero,
se puso furioso. No sé por qué lo hacía, puesto que estaba vencido antes de
comenzar. Lo mismo había pasado muchas veces, y antes de ponerse a discutir
debería haber adivinado que iban a usar la mesa.
Pero peleó
bien.
- ¡Iros a otro
lado con vuestras carnicerías! ¡Quiero ver quién va a comer sobre una mesa
llena de sangre!
- Pero Carl,
¿dónde lo hacemos? Usaremos un extremo de la mesa únicamente.
Lo que casi fue
una broma, porque en poco rato se habían adueñado de toda la mesa.
- ¡Poned por lo
menos una lona! - rugió Parsons.
- No se puede
hacer la disección sobre una lona. Hay que tener...
- Y otra cosa.
¿Cuánto tiempo os va a llevar? ¡No quiero pensar cómo va a oler eso dentro de
uno o dos días!
Y así siguió
durante un buen rato, pero para cuando comencé a subir la escalera para traer
los animales, Oliver y Weber ya estaban trabajando.
El descargar
los animales es algo que no se ajusta a mis tareas oficiales, pero me había
acostumbrado a hacerlo para que cuando Weber o alguno de los otros se
dispusieran a comenzar las pruebas, se encontraran listos.
Fui hacia el
compartimiento en que guardábamos las jaulas.
Las ratas
comenzaron a chillar y los zartyls de Centauro me dirigieron sus gruñiditos,
mientras que los punkis de Polaris armaban un alboroto, porque siempre tienen
hambre. Nunca tienen suficiente. Si se les da todo lo que quieren se matan a
fuerza de comer.
Era todo un
trabajo llevarlos hasta la compuerta y de allí bajarlos a tierra, pero
finalmente lo logré sin que se me rompiera una sola jaula. Habitualmente se me
destrozaban una o dos de las jaulas, los animales se escapaban y luego Weber se
pasaba varios días haciendo comentarios acerca de mi torpeza.
Puse las jaulas
en filas, y ordenadamente estaba cubriéndolas con unas lonas para proteger a
los animales de los cambios climáticos cuando Kemper vino a ver lo que estaba
haciendo.
- He estado
mirando un poco.
Por la forma en
que lo dijo me pareció que estaba muy dispuesto a hablar.
Pero no le
pregunté nada, porque entonces no me hubiera dicho una sola palabra. Había que
esperar que estuviera listo.
- Qué sitio más
tranquilo, ¿verdad? - y eso fue todo lo que dije. Era un día claro y sin nubes,
y el sol no estaba demasiado caluroso. Había una brisa, y se podía ver a lo
lejos. Todo estaba en calma. No se oía ruido alguno.
- Es un lugar
solitario - dijo Kemper.
- No te
comprendo - le contesté pacientemente.
- ¿Recuerdas lo
que te dije anoche, acerca de que este planeta me parecía demasiado simple?
Se quedó
mirándome mientras colocaba las lonas, como si pensara lo que iba a decirme.
Esperé pacientemente. Finalmente explotó.
- ¡Bob! ¡No hay
insectos!
- ¿Y qué tienen
que ver los insectos...?
- Tú sabes a
qué me refiero - me dijo -. Mira lo que pasa en la Tierra, o en cualquier
planeta similar. Te echas en la hierba y comienzas a ver insectos. Algunos en
el suelo y otros sobre las hojas. De todo tipo.
- ¿Y aquí no los
hay?
Negó con la
cabeza.
- No que yo
haya visto. Di vueltas, me eché en el suelo una docena de veces, y ¡nada! Lo
lógico es que si se busca toda una mañana, se hallen algunos insectos. ¡Esto no
es natural, Bob!
Seguí con mi
tarea, pero me corrió un escalofrío por lo que me había dicho Kemper. No es que
me importaran un rábano los insectos, pero, tal como decía Kemper, era algo no
natural, si bien en este trabajo uno tenía que acostumbrarse a las cosas no
naturales.
- Están las
abejas - le dije.
- ¿Qué abejas?
- Las de las
criaturas. ¿No las viste?
- No. No me
acerqué a ninguna de las criaturas. Tal vez las abejas no viajen demasiado
lejos.
- ¿Hay pájaros?
- No los vi.
Pero me equivoqué acerca de las flores. El césped tiene unas florecillas muy
pequeñas.
- Es donde van
las abejas.
La expresión de
Kemper se hizo de una fijeza de piedra.
- Así es - dijo
-. ¿No ves que hay un esquema, un plan...?
- Ya veo - le
dije.
Me ayudó con la
lona, y no hablamos más. Una vez que terminamos, nos dirigimos al campamento.
Parsons estaba
cocinando el almuerzo y gruñéndole a Oliver y Weber, pero no le prestaban mucha
atención. La mesa estaba llena de trozos de la criatura que habían disecado, y
parecían asombrados.
- ¡No tiene
cerebro! - nos dijo Weber, con aire acusador, como si lo hubiéramos escondido
cuando no miraba -. No podemos encontrar el cerebro, y no hay tampoco un
sistema nervioso central.
- ¡Es
imposible! - declaró Oliver -. ¿Cómo puede existir un animal altamente
organizado, y bastante complejo, si no tiene un sistema nervioso?
- Mirad lo que
han hecho. ¡Vais a tener que comer de pie! - dijo Parsons.
- Realmente,
esto es una carnicería - asintió Weber -. Para resumir lo que hemos encontrado
hasta ahora, os diré que hay doce tipos diferentes de carne; algunos son de ave,
algunos de pescados, algunos de carnes rojas. Tal vez haya algo de lagarto.
- Un animal que
sirve para todo - dijo Kemper -. Tal vez hayamos encontrado algo, al fin.
- Si es
comestible - dijo Oliver -. Si no te envenena, o si no hace que crezca pelo en
el cuerpo.
- Eso es cosa
de vosotros - le dije -. Ya descargué las jaulas y las alineé convenientemente.
Pueden ir matando a los pobrecitos, si les parece.
Weber miró el
desbarajuste que había sobre la mesa.
- Hemos hecho
solamente un trabajo exploratorio - explicó -. Deberíamos poder empezar de
nuevo. Habrá que buscar otro, Kemper.
Este asintió
con cierta resistencia.
Weber se quedó
mirándome.
- ¿Crees que
podrás conseguir otro?
- Por supuesto
- le dije -. No hay problema.
Y no lo hubo.
Después del
almuerzo, una criatura vino hacia nosotros, como si quisiera hacernos una
visita. Se paró a corta distancia de donde estábamos y luego, tranquilamente,
cayo muerta.
Durante los
días siguientes, Oliver y Weber casi no tuvieron tiempo para dormir y comer.
Hicieron disecciones y estudiaron.
No podían dar
crédito a sus ojos. Discutieron. Hicieron ademanes con los bisturíes en la
mano, para enfatizar su angustia.
Casi se echan a
llorar. Kemper llenó caja tras caja de preparados, y se mantuvo encorvado y
semipetrificado sobre su microscopio.
Parsons y yo
dábamos vueltas mientras los otros trabajaban.
Mi compañero
extrajo varias muestras de césped, trató de clasificarlo y falló, porque no
había múltiples clases. Solamente una.
Tomó notas
sobre el tiempo, analizó muestras del aire y trató de compilar un informe
ecológico, sin tener demasiados datos.
Yo traté de
encontrar insectos, cosa que nunca sucedía, salvo que estuviera cerca de un
rebaño de esas criaturas. Busqué pájaros sin encontrarlos. Pasé dos días
investigando un arroyuelo, echado sobre mi vientre y mirando el agua, sin
encontrar signos de vida. Busqué una bolsa de azúcar, puse un lazo alrededor de
la boca y pasó dos días más tratando de pescar algo. Nada. Ni un pez, ni un
cangrejo. Nada.
Para entonces
estaba dispuesto a admitir que Kemper tenía razón.
Fullerton
caminaba a nuestro alrededor, pero no prestamos ninguna atención a lo que
hacía. Los de la Doble Visión siempre estaban buscando algo raro. Después de un
tiempo uno se cansaba. Yo hacía ya veinte años que estaba cansado.
El último día
que había ido a pescar, Fullerton se me acercó cuando caía la noche. Se quedó
mirándome trabajar. Cuando alcé la vista me di cuenta que hacía largo rato que
observaba lo que hacía.
- No hay nada
ahí - me dijo.
Por la forma en
que lo dijo parecía que lo sabía desde hacia mucho, y que yo era un tonto por
estar buscando lo que no existía.
Pero esa no fue
la única razón por la cual me enfadé.
Tenía en la
boca un trozo del césped, y lo estaba masticando como hacía con los mondadientes.
- ¡Escupe eso!
- le grité -. ¡Estúpido!
Me miró
asombrado y escupió el césped.
- Me resulta
difícil acordarme - me explicó -. Fíjate, es mi primer viaje y...
- Ten cuidado
de que esas cosas no logren que sea el último - le dije brutalmente -.
Pregúntale a Weber, cuando tengas tiempo, lo que le pasó a uno que arrancó una
hoja y se puso a masticarla. Distraído. Claro. Por hábito, pero fue igual que
si se suicidara.
Fullerton se
enderezó, rígido.
- No lo
olvidaré - me dijo.
Me quedé
mirándole y sintiéndome un poco mal por haber sido duro con él.
Pero había que
hacerlo. Las formas inocentes en que un hombre podía morirse eran demasiadas.
- ¿Encontraste
algo? - le pregunté.
- He estado
estudiando a las criaturas. Había en ellas algo raro que no podía determinar
bien.
- Creo que
puedo detallarte una centena de cosas raras.
- No es eso lo
que quiero decir, Sutter. No te hablo de los parches de colores ni de los
arbustos que crecen en ellos. Hay algo más. Finalmente lo capté. No hay ninguna
que sea joven.
Fullerton tenía
razón, por supuesto. Me di cuenta después que lo mencionó. No había terneros, o
como quieran llamarlos.
Todos eran
adultos. Y, sin embargo, eso no quería necesariamente decir que no existieran
terneros. Tal vez simplemente era que no los habíamos visto aún. Y lo mismo
podía aplicarse a los insectos, pájaros y peces. Tal vez existían en este
planeta, pero todavía no los habíamos encontrado.
Y luego, algo
tardíamente, me di cuenta de la inferencia, de la esperanza, de la loca
fantasía que se escondía detrás de lo que Fullerton había descubierto, o
pensaba que había descubierto.
- ¡Estás
chiflado! - le dije.
Me miró, y sus
ojos relucían como los de un niño en Navidad. Finalmente me dijo:
- Teníamos que
encontrarlo, Sutter. En alguna parte.
Me puse de pie
y me quedé mirándole. Luego miré la red que tenía en las manos, y la tiré al
agua, viendo cómo se hundía.
- Seamos
sensatos - le dije -. No tenemos pruebas de esto. La inmortalidad no sería nada
así. De esta forma sólo se llega a algo sin salida. No se lo menciones a nadie,
pues te mandarán a casa sin el menor asomo de piedad.
No sé por qué
perdí el tiempo en hablarle. Se quedó mirándome tozudamente, con esa rara luz
de esperanza y triunfo en los ojos.
- Mantendré la
boca cerrada - le dije cortésmente -. No mencionaré nada de esto a nadie.
- Gracias,
Sutter - me dijo -. Verdaderamente te lo agradeceré.
Por la forma en
que lo dijo me di cuenta de que, en ese momento, me asesinaría con todo placer.
Nos volvimos al campamento.
Mientras tanto,
lo habían dejado como nuevo. Habían limpiado la mesa tan bien que parecía que
brillaba.
Parsons estaba
cocinando la comida de la noche, mientras cantaba una de sus cancioncillas
obscenas. Los otros tres estaban sentados en las sillas de campamento, habían
sacado una botella de aguardiente, y una vez más parecían seres humanos.
- ¿Todo bien? -
pregunté.
Pero Oliver
movió la cabeza negativamente. Le sirvieron un vaso a Fullerton y éste lo
aceptó, algo involuntariamente, pero lo aceptó. Bueno, Doble Visión estaba
comportándose mejor. A mí no me ofrecieron nada. Sabían que no podía beberlo.
- ¿Y qué
tenemos? - pregunté.
- Tal vez sea
algo bueno - dijo Oliver -. Indudablemente que es un animal que sirve para
todo. Pone huevos, da leche, hace miel. Tiene seis diferentes tipos de carnes
rojas, dos de aves, una de pescados y un par de otras que no podemos
identificar.
- Pone huevos -
dije -. Da leche. Entonces se reproduce.
- Por supuesto
- dijo Weber -. ¿Tú qué pensabas?
- No he visto
animales jóvenes.
Weber gruñó.
- Tal vez
tengan zonas destinadas a lugares de crianza. Algunos sitios a los que
instintivamente llevan a los cachorros.
- O tal vez
ejerzan un control de la natalidad - sugirió Oliver -. Eso encajaría con la
ecología perfectamente determinada de la cual habla Kemper.
Weber gruñó.
- ¡Ridículo!.
- No tan
ridículo - dijo Kemper -. Ni siquiera la mitad de ridículo de otras cosas que
hemos encontrado. Ni la décima parte de ridículo que la falta de cerebro o de
sistema nervioso. ¡No más ridículo que mis bacterias!
- ¡Tus bacterias!
- dijo Weber. Se bebió medio vaso de aguardiente de un solo sorbo para hacer
bien patente su desdén hacia el planteamiento.
- Las criaturas
están plagadas de ellas - siguió Kemper -. Se encuentran en todas partes. No
solamente en la circulación sanguínea y en zonas restringidas, sino en el
organismo entero. Y todas son iguales. Normalmente se necesitan cientos de
distintos tipos de bacterias para hacer que un organismo trabaje adecuadamente,
pero en este caso sólo existe un tipo. Y ese, por definición general, debe de
ser de propósitos múltiples. Debe de cumplir las tareas que las otras cientos
de especies realizan.
Le sonrió a
Weber.
- Ahí tienes
tus cerebros y tu sistema nervioso. Las bacterias se duplican para llenar el
vacío de ambos sistemas.
Parsons se
acercó, dejando la cocina, y se plantó con sus puños en las caderas. asiendo un
tenedor en una mano.
- Si queréis
saber lo que pienso - dijo -. Las criaturas son una equivocación. No pueden ser
así.
- Pero lo son -
dijo Kemper.
- ¡No tiene
sentido! Un césped para comer. Un tipo de vida. Apuesto a que si pudiéramos
hacer un censo hallaríamos que la población de las criaturas es de capacidad
exacta. Tantas por acre, pensadas exactamente hasta el último bocado de
vegetación. Justo lo suficiente para que coman, y nada más. Las suficientes
criaturas para que no haya demasiado verde. O demasiado poco.
- ¿Y qué hay de
malo en eso? - pregunté, para molestarle.
Durante un
minuto pensé que me iba a clavar el tenedor.
- ¿Y qué hay de
malo? - tronó -. La naturaleza nunca es estática, pero aquí, sí. ¿Dónde está la
competencia? ¿Dónde está la evolución?
- Ese no es el
hecho - dijo Kemper tranquilamente -. Lo que importa no es que las cosas sean
como son, sino por qué. ¿Cómo pasó? ¿Cómo fue planeado? ¿Por qué fue planeado?
- No se ha
planeado nada - le dijo Weber con resentimiento -. Fíjate en lo que dices.
Parsons volvió
a su cocina. Fullerton se había ido a dar una vuelta. Tal vez se descorazonó
cuando se enteró de lo de los huevos y la leche.
Durante un rato
no hicimos otra cosa que permanecer en silencio.
Finalmente
Weber dijo:
- La primera
noche de guardia vine a relevar a Bob y le dije...
Me miró.
- ¿Recuerdas,
Bob?
- Si. Hablaste
de simbiosis.
- ¿Y ahora? -
dijo Kemper.
- No sé. Me
parece imposible. Pero si así fuera, esta criatura sería el más fabuloso
ejemplo de simbiosis existente. La simbiosis llevada a su última conclusión.
Como si, hace mucho tiempo, las formas de vida hubieran dicho: dejemos de
molestar, unámonos, cooperemos. Y las plantas, y animales, y peces y bacterias
se unieron y...
- Es una idea
loca, por supuesto - dijo Kemper -. Pero tampoco es tan imposible. Simplemente
una extralimitación, nada más. La simbiosis es una forma reconocida de vida
y...
Parsons anunció
a gritos que la comida estaba lista. y yo me fui a mi tienda, saqué mi caja de
alimentos y me preparé mi dieta. Era un alivio el poder comer en privado, sin
oír las bromas de los otros frente a lo que tenía que embuchar.
Hallé una serie
de notas en la mesita que usaba como escritorio. Las miré mientras comía. Eran
simples anotaciones bastante difíciles de descifrar a veces, con manchas de
sangre y de las cosas que había sobre la mesa de disección. Pero estaba
acostumbrado, pues así eran todas las que tenía a mano por entonces. Pude
descifrarlas.
No hablaban de
todo, por supuesto, pero sí había suficientes datos como para darme cuenta de
lo que me habían dicho, y de otras cosas que no se mencionaron.
Por ejemplo,
los parches de colores que les daban a las criaturas ese raro aspecto de tejido
escocés, correspondían a los tipos distintos de carne de ave, de peces o de
carnes rojas, o de otras clases distintas, fueran lo que fuesen. Parecía que
cada uno de estos cuadrados fuera la persistencia de cada uno de los animales
que entraron en aparente simbiosis. Si realmente se podía hablar de simbiosis.
El aparato de
reproducción por huevos estaba descrito en detalle, pero no aparecían signos de
reciente producción de los mismos. Lo mismo sucedía con el aparato para la
lactancia.
Se habían
hallado, según constaba en las notas tomadas con la escritura apretada de
Oliver, cinco tipos distintos de frutas y tres de vegetales, que derivaban de
las plantas que crecían en las criaturas.
Dejé a un lado
las notas, y me eché hacia atrás en la silla, regodeándome un poco.
¡He aquí el
cultivo diversificado y su venganza! Se podía tener carne y productos lácteos,
peces, aves, huerta y jardín, todo en uno, ¡todo en el cuerpo de un único
animal!
Volví a
examinar las notas y hallé lo que buscaba. Los productos alimenticios parecían
ser muy abundantes en relación al peso del animal. Muy poco se perdería en el
aprovechamiento.
Eso sería algo
muy importante para un economista. Pero no todo, por supuesto. ¿Y si las
criaturas no eran comestibles?
Supongamos que
no se las pudiera mover del planeta, porque al hacerlo murieran.
También
recordaba cómo habían venido hacia nosotros y habían caído muertas. Eso en sí
era otro verdadero dolor de cabeza.
¿Y si sólo
podían comer la vegetación de este planeta?
¿Podría
hacérselos crecer en otra parte? ¿Y qué tolerancia tendrían a los distintos
tipos de clima? ¿Cuál era su cifra de reproducción? Si era lenta, tal como se
había indicado, ¿se podría acelerar? ¿Cuál era la velocidad de crecimiento?
Me levanté,
salí de la tienda y estuve parado un rato fuera.
La brisa que
había estado soplando se detuvo al caer el Sol, y el lugar estaba muy
silencioso. Silencioso porque las únicas que podían hacer huido eran las
criaturas, y todavía no habíamos visto que emitieran un solo sonido. Las
estrellas brillaban, y había tantas que iluminaban el paisaje como si hubiera
luna.
Fui hasta donde
el resto de los hombres estaban sentados.
- Parece ser
que estaremos aquí algún tiempo - dije -. Mañana deberíamos sacar las cosas de
la nave espacial.
Nadie me
contestó, pero en el silencio podía sentir la satisfacción, oculta a medias, y
el triunfo. ¡Por fin habíamos sacado el premio grande! Volveríamos con algo que
haría que los otros equipos palidecieran. Por esta vez nos tocarían las
felicitaciones y las recompensas.
Oliver rompió
el silencio.
- Algunos de
nuestros animales no están bien. Fui esta tarde a verlos. Un par de cobayos y
varias ratas.
Me miró
acusadoramente.
Me enfadé.
- No me mires.
¡Yo no estoy a cargo de ellos! Me limito a cuidarlos hasta que tú estés listo
para usarlos.
Kemper entró en
la conversación para buscar una discusión.
- Antes de que
los alimentemos deberemos hallar otra criatura.
- Te apuesto
cualquier cosa - dijo Weber.
Kemper no
aceptó la apuesta.
Y hubiera sido
mejor que lo hubiera hecho, porque la criatura apareció después del desayuno, y
murió con un savoir faire maravilloso.
Se pusieron a
trabajar en ella inmediatamente.
Parsons y yo
comenzamos a descargar las vituallas. Nos afanamos mucho ese día. Desembalamos
la unidad frigorífica, por la que Weber había estado protestando, para mantener
fresca la carne de las criaturas. Bajamos una serie de equipos y una cantidad
de cosas que no creo que nos sirvieran para nada, pero que algunos querían
tener a mano. Armamos tiendas, trabajamos y cargamos todo el día.
Hacia la tarde
teníamos todo acomodado bajo lonas, y estábamos completamente agotados. Kemper
siguió estudiando sus bacterias, Weber pasó horas con los animales. Oliver cavó
para sacar una buena cantidad de hierba y la estuvo examinando todo el día.
Parsons salió a hacer sus habituales paseos, murmurando y protestando. De todos
nosotros, Parsons tenía el trabajo más irritante.
Habitualmente,
la ecología de hasta el más simple de los planetas es un problema complicado, y
hay que hacer una serie de trabajos. Pero aquí no pasaba nada. No había
competencia para la supervivencia. Ningún perro se comía al otro. Simplemente
había criaturas que comían hierbas. Comencé a esbozar mi informe, sabiendo que
iba a tener que ser revisado y reescrito una y otra vez.
Pero estaba
ansioso por comenzar. Me sentía impaciente por ver cómo las cosas iban a
concatenarme, si bien sabía desde el comienzo que algunas no concordarían. Casi
nunca lo hacen. Las cosas fueron bien. Demasiado bien, tal vez. Por supuesto
hubo incidentes, como cuando algunos de los animales mordieron las jaulas y
desaparecieron. Weber estaba casi a su lado.
- Volverán -
dijo Kemper -. Con un apetito como el que tienen, no van a aguantar mucho.
Y tenía razón.
Esos animalitos eran las criaturas más hambrientas de la galaxia. Nunca tenían
bastante. Y podían comer de todo. No les importaba qué cosas, sino que hubiera
en suficiente cantidad.
Ese factor de
su metabolismo los tornaba valiosísimos como animales de estudio.
Los otros
animales andaban muy bien con los productos de las criaturas. Los carnívoros
comían los trozos de carne; los vegetarianos, las frutas y los vegetales. Se
mantenían perfectamente bien.
Parecían estar
mucho mejor que los animales de control, que prosiguieron su dieta habitual. Incluso
las ratas y los cobayos que estaban enfermos, se curaron y se pusieron tan
gordos como los otros.
Kemper nos
dijo:
- La carne de
las criaturas es mas que un alimento. Es una medicina. Ya puedo ver los
anuncios: Coman [Criatura] para mantenerse bien.
Weber respondió
con un gruñido. Nunca había tenido mucho espíritu para las bromas, y ahora las
cosas le preocupaban.
Siendo un
hombre metódico, había hallado demasiadas situaciones que violaban sus
criterios aceptables de la verdad.
Sin cerebro o
sistema nervioso. Con posibilidad de morir a voluntad. Indicios de una
simbiosis absoluta. Y las bacterias. Creo que lo que le debe de haber parecido
peor de todo deben de haber sido las bacterias.
Parecía
tratarse de un solo tipo. Kemper había buscado frenéticamente, sin encontrar
otros. Oliver las halló en el suelo, Parsons en el agua y en la hierba. El
aire, extrañamente, parecía libre de ellas.
Pero Weber no
era el único preocupado. Kemper también lo estaba. Esa noche se quedó sentado
en la cama, tratando de descargarse de su angustia, contándome sus cuitas.
Y realmente,
había elegido el tema más loco del mundo para preocuparse.
- Puede
explicarse todo - me dijo - si uno se halla dispuesto a admitir ciertas bases.
Es posible explicar la existencia de las criaturas si se está dispuesto a
admitir una disposición simbiótica efectuada en escala primaria. Se puede
explicar la completa simplicidad de la ecología si se considera que, dado
determinado espacio y tiempo, puede pasar cualquier cosa dentro de los límites de
la lógica. Es posible imaginar la forma en que las bacterias pueden tomar a su
cargo las funciones del cerebro y del sistema nervioso si se llega a la
conclusión de que éste es un mundo poseído por las bacterias, y no por las
criaturas. Y también es factible considerar que las bacterias, todas y cada una
de ellas, forman una inteligencia gigante. Si se acepta tal teoría, las muertes
voluntarias se tornan comprensibles, porque realmente no hay tal cosa como la
muerte, simplemente es como si alguien se cortara una uña. Y si esto es así,
entonces Fullerton ha hallado la inmortalidad, si bien no es del tipo que
imaginaba, y a nosotros no nos va a servir de nada. Pero lo que más me intriga
- continuó, con una intensa preocupación reflejada en su cara - es la falta de
todo tipo de mecanismo tendiente a la defensa. Aun presumiendo que las
criaturas no son más que la fachada de un mundo de bacterias, los mecanismos de
defensa deberían existir como una forma de protección. Todas las cosas vivas
deberían tener una forma de defenderse o de escapar de sus enemigos. Luchan, o
pelean, o se ocultan para tratar de preservar sus vidas.
Por supuesto
que tenía razón. No solamente las criaturas no se defendían, sino que hasta le
ahorraban a uno el trabajo de ir y matarlas.
- Tal vez
estemos equivocados - dijo finalmente Kemper -. Tal vez la vida no sea tan
valiosa. Tal vez no sea algo a lo que hay que aferrarse, ni por lo que hay que
luchar. Tal vez las criaturas, en su forma de morir, están más cerca de la
verdad que nosotros.
Y así siguió
los siguientes días; dando vueltas y vueltas sobre el mismo tema y sin llegar a
ninguna conclusión. Creo que la mayor parte del tiempo no me hablaba a mí, sino
que decía las cosas a si mismo, para tratar de llegar a alguna respuesta.
Y largo rato
después de que habíamos apagado la luz, yo también, en mi pensamiento, seguía
dando vueltas alrededor de los razonamientos de Kemper, pensando por qué las
criaturas venían a morir así, estando en el momento de apogeo de sus vidas.
¿Era el morir un privilegio de los mejor dotados? ¿Habría realmente alguna
razón para creer que eran inmortales?
Se me
plantearon una serie de interrogantes, pero no hallé las respuestas.
Continuamos con
nuestro trabajo. Weber sacrificó algunos de sus animales y los revisé, pero no
hallé efectos indeseables a raíz de la alimentación con carne de las criaturas.
Se hallaron trazas de las bacterias en su sangre, pero no había rastros de
enfermedad, reacciones o formación de anticuerpos. Kemper siguió hacia adelante
con sus trabajos sobre las bacterias. Oliver realizó una serie de experiencias
con la hierba. Parsons se dio por vencido.
Los animalitos
escapados no volvieron, y Parsons y Fullerton salieron para tratar de
hallarlos, sin éxito.
Seguí
trabajando en mi informe, y los datos comenzaron a coincidir, mucho mejor de lo
que jamás hubiera esperado.
Las cosas
parecían empezar a integrarse. Nos sentimos muy bien. Nos parecía tener la
recompensa en nuestras manos.
Pero creo que a
pesar de todo nos quedaban dudas acerca de si las cosas serían tan buenas como
aparentaban. ¿Podría ser que realmente no pasara nada malo?
Por supuesto,
paso. Estábamos sentados alrededor de la mesa, después de la comida de la
noche, iluminándonos con la luz de la linterna cuando oímos el ruido. Luego me
di cuenta de que lo habíamos venido oyendo un rato antes de que tomáramos
conciencia de él.
Comenzó en una
forma tan progresiva y tan lejana que se nos impuso sin alarmamos. Primero
parecía como un suspirar anhelante, como si un viento suave soplara a través de
las hojas de un árbol pequeño, y luego fue aumentando hasta un rumor lejano que
no daba idea de amenaza alguna. Casi iba a decir algo acerca de que podrían ser
truenos y comencé a pensar si no íbamos a ser testigos de un cambio de clima,
cuando Kemper se puso de pie y gritó.
No sé qué fue
lo que gritó. Tal vez no fuera una palabra definida, pero la forma en que lo
hizo nos impulsó a correr con todas nuestras fuerzas a refugiarnos en la nave.
Antes de llegar allí, en los pocos segundos que tardamos en alcanzar la
escalerilla, ya se podía distinguir, sin lugar a dudas, el origen del sonido,
que había cambiado y que ahora era el de cientos de pezuñas que tronaban
directamente hacia el campamento.
Estaban casi
sobre nosotros cuando llegamos, y no hubo tiempo ni espacio para que
trepáramos. Fui el último en alcanzar la nave, y cuando vi que no había tiempo
para subir, una docena de posibles planes de escape cruzaron por mi mente. Pero
sabía demasiado bien que ninguno de ellos serviría. Entonces vi la cuerda que había
quedado colgando en el lugar en que la dejara cuando realicé el trabajo de
descargar las cosas, y salté para atraparla. No soy ningún experto en eso, pero
les aseguro que trepé con rapidez. Y detrás de mí vino Weber, que tampoco era
ningún experto, pero también se estaba arreglando muy bien.
Pensé en la
suerte que había tenido cuando no tuve tiempo de descolgar todo el aparejo, y
cómo Weber había protestado por no haberlo podido hacer. Casi me di la vuelta
para gritarle, pero no tuve fuerzas.
Alcanzamos la
portezuela y subimos a la nave. Detrás de nosotros vinieron una seria de
animales, en plena espantada, y pasaron por encima del campamento. Parecía que
hubiera millones de ellos. Una de las cosas que más miedo me daba era lo
silenciosamente que corrían. No había mugidos ni otros ruidos similares; todo
lo que podía oírse era el ruido de las patas al trotar. Parecía como si
escaparan a raíz de una ciega furia que era demasiado intensa como para que
hicieran ruido.
Se
desparramaron por miles, tan lejos como la vista podía alcanzar, en las
praderas iluminadas por las estrellas, pero la nave espacial, interpuesta en su
camino, las dividió. Pasaron una vez, y luego volvieron a pasar, y más allá de
la nave dejaron un pequeño sector sin tocar. Pensé que hubiéramos podido quedar
a salvo si nos hubiéramos acurrucado en ese sector, pero esa es una de tantas
cosas que no se pueden prever.
Esto duró por
lo menos una hora. Cuando las criaturas se fueron, bajamos a ver los daños que
había sufrido el campamento. Los animales, en sus jaulas, alineadas entre el
campamento y la nave, estaban a salvo. Las tiendas estaban en pie, salvo una.
La linterna seguía dando luz. Pero todo lo demás estaba destrozado. Nuestras
provisiones, pisoteadas. La mayor parte del equipo se había perdido o estaba
deshecho. A cada lado del campamento el suelo estaba pisoteado, y parecía un
campo recién arado. Todo era un verdadero desastre. Había que pensar que
estábamos vencidos.
La tienda que
usábamos Kemper y yo como dormitorio estaba de pie, así que las notas que
habíamos tomado estaban a salvo. Los animales también estaban bien. Pero eso
era todo lo que teníamos: las notas y los animales;
- Necesito tres
semanas más - pidió Weber -. Denme tres semanas para completar las pruebas.
- No tenemos tres
semanas - le contesté -. Hemos perdido las provisiones.
- ¿Y las
raciones de emergencia de la nave?
- Eso es para
el viaje de vuelta.
- Bien, podemos
pasar un poco de hambre.
Nos miró a
todos y a cada uno, lanzándonos el reto de hacernos pasar un poco de hambre.
- Yo mismo -
dijo - puedo pasarme tres semanas sin comer nada.
- Podríamos
comer carne de las criaturas - sugirió Parsons -. Podemos correr un riesgo.
Weber movió
negativamente la cabeza.
- Todavía no -
dijo -. Dentro de tres semanas, cuando las pruebas se hayan terminado, entonces
puede ser que sepamos.
- Tal vez no
necesitemos esas raciones para volver a casa. Tal vez podamos almacenar varios
de estos animales y comer tranquilamente en nuestro viaje de vuelta.
Miré alrededor,
pero sabía, antes de hacerlo, cuál sería la respuesta.
- Bueno - dije
-, probaremos.
- Claro, a ti
te parece bien - respondió Fullerton rápidamente -. Tú tienes tu maletín de
raciones.
Pero Parsons lo
cogió de los brazos y le sacudió tan violentamente que sus ojos bizquearon.
- ¡No hablamos
así de la dieta de Sutter!
Y luego le
soltó.
Nos dispusimos
a hacer guardias de dos en dos, puesto que la espantada había estropeado
nuestro sistema de alarma, pero ninguno durmió mucho. Estábamos demasiado
preocupados.
Personalmente,
me preocupaba el porqué de la espantada de los animales. No había nada en el
planeta que pudiera asustarlos.
No había otros
seres vivos de tamaño grande. No se producían truenos ni relámpagos. En
realidad, parecía que no podía existir violencia alguna en el planeta. Y, de
acuerdo a lo observado, nada en las criaturas en sí podía predisponerlas a
tales estallidos emocionales.
Pero,
evidentemente, tenía que existir una razón y un propósito, me dije. Al igual
que en el hecho de que se caían muertas delante de nosotros. Pero su propósito,
¿era inteligente o simplemente instintivo?
Eso era lo que
más me preocupaba. Me tuvo despierto la noche entera.
Cuando
amaneció, una de las criaturas vino hacia donde estábamos y se cayó muerta con
toda alegría.
No desayunamos,
y cuando llegó el mediodía nadie habló del almuerzo, así que seguimos hacia
adelante.
Cuando se hizo
casi de noche, subí la escalerilla para buscar algo para comer. No quedaba
nada. En vez de las raciones hallé cinco de los punkins más gorditos que puedan
imaginarse.
Habían
agujereado las cajas de raciones, y se las habían comido.
Los envases no
tenían nada dentro. Hasta se habían ingeniado para levantar la tapa de la caja
de café, y se habían comido los granos.
Encontré a los
cinco sentados en un rincón, pestañeando muy pagados de si mismos. No
alborotaron como era su costumbre. Tal vez se daban cuenta de que habían hecho
algo malo, o tal vez estaban simplemente ahítos. Por primera vez habían
encontrado toda la comida que se les antojara.
Me quedé
mirándolos y me di cuenta cómo habían subido a la nave. Me eché la culpa por
esto. Si hubiera tomado la precaución de cerrar adecuadamente la compuerta,
esto no hubiera sucedido. Pero luego recordé que la soga, colgando por la
compuerta abierta, había salvado mi vida y la de Weber, así que no pude decidir
si había hecho bien o mal.
Fui hacia donde
estaban los punkins, y los levanté. Me puse tres en los bolsillos, y llevé los
otros dos en la mano. Bajando de la nave, me dirigí al campamento. Puse los
punkins sobre la mesa.
- Aquí están -
dije -. Estaban en la nave. Por eso no pudimos encontrarlos. Subieron por la
soga.
Weber los
observó detenidamente.
- Parecen bien
alimentados. ¿Nos dejaron algo?
- Ni una
migaja. Se lo comieron todo.
Los punkins
estaban muy contentos. Evidentemente se alegraban de volver a vernos. Después
de todo, ya se habían comido las raciones, así que no parecía haber razón para
que continuaran a bordo.
Parsons tomó un
cuchillo y se dirigió hacia la criatura que había muerto esa mañana.
- Muchachos -
dijo -, ahora veremos.
Cortó grandes
trozos de carne y los puso sobre la mesa. Luego encendió el fuego. Me tuve que
ir a mi tienda tan pronto como comenzó a cocinar, pues nunca había olido algo
tan exquisito como esos trozos de carne.
Saqué mi
maletín, me preparé una mezcla gelatinosa y comencé a comerla, sintiendo mucha
pena por mí mismo. Kemper vino, después de un rato, y se sentó en su jergón.
- ¿Quieres que
te cuente algo? - me preguntó.
- Hazlo - le
dije, resignadamente.
- Es riquísima.
Tiene de todo lo que has comido en tu vida. Tres distintos tipos de carne, un
trozo de pescado y algo que se parecía a la langosta, sólo que más rica. Y en
ese arbusto que les crece en la mitad de la espalda hay una fruta...
- Y mañana te
caerás muerto.
- No lo creo -
contestó Kemper -. Los animales han vivido muy bien con esta comida. No es en
absoluto dañina.
Todo continué
indicando que Kemper tenía razón. Entre los animales y los hombres se comían
una criatura por día. A ellas no parecía importarles. Eran de lo más complacientes.
Todas las mañanas se acercaba una, que caía muerta para nosotros.
La forma en que
comenzaron a comer los animales y los hombres fue positivamente indecente.
Parsons cocinaba distintas formas de carnes, de aves, de peces, de vacuno y de
todo lo que se les ocurra. Preparaba enormes fuentes de vegetales.
Llenaba otra
con frutas. Preparaba comidas con panales de miel, y todos lamían el plato. Se
sentaban alrededor de la mesa, desabrochaban sus cinturones para dejar lugar a
los abultados estómagos, que palmeaban con una fruición que me desesperaba.
Pensaba que de
un momento a otro iban a presentar desagradables erupciones, que se iban a
poner verdes con manchas azules o algo por el estilo. Pero no pasó nada.
Engordaban, tal como lo hacían los animales. Se sentían mejor que nunca.
Pero una mañana
Fullerton amaneció enfermo. No podía levantarse de la cama y ardía de fiebre.
Parecía que hubiera sido atacado por el virus de Centauro, pero habíamos sido
vacunados contra él. De hecho, habíamos sido vacunados e inmunizados contra
casi todo. Cada vez que íbamos a partir para una expedición nos llenaban de
inyecciones.
Al principio no
me preocupé demasiado, pues me pareció que lo más lógico era que estuviera
sufriendo las consecuencias de la sobrealimentación.
Oliver, que
sabía algo de medicina, pero no demasiado, sacó el botiquín de la nave a
relucir, y le dio a Fullerton una buena dosis de antibiótico que se aseguraba
obraba maravillas prácticamente siempre.
Seguimos
haciendo nuestro trabajo, pensando que se pondría bien en uno o dos días, pero
no fue así.
En realidad,
más bien se puso peor.
Oliver revisó
los medicamentos existentes, leyendo cuidadosamente los prospectos, pero no
pudo hallar nada que sirviera para el caso. Luego leyó de cabo a rabo el manual
de primeros auxilios. Solamente traía indicaciones para curar piernas rotas o
hacer la respiración artificial, y otras cosas simples por el estilo.
Kemper había
estado ocupado con mucho trabajo, así que le pidió a Oliver que tomara una
muestra de sangre del enfermo.
Cuando la
observó por el microscopio, hallé que hervía de bacterias, tales como las que
habían hallado en las criaturas. Oliver tomó unas muestras más de sangre, y
Kemper hizo varias preparaciones con ellas, y no había dudas sobre el caso.
Para ese
momento, nos hallábamos reunidos alrededor de la mesa, observando a Kemper y
esperando el veredicto. Creo que todos pensábamos lo mismo.
Fue Oliver el
primero que se decidió a decirlo en voz alta:
- ¿Quién quiere
ser el próximo? - preguntó.
Parsons se adelantó,
y Oliver le tomó la muestra. Esperamos ansiosamente.
- También están
en tu sangre - le dijo Kemper a Parsons -. No en tan gran cantidad como en la
de Fullerton.
Uno tras otro
se fueron adelantando. Todos teníamos bacterias en la sangre, pero en mi caso
la cantidad era mucho menor.
- Son las
criaturas - dijo Parsons -. Bob no ha comido su carne.
- Pero si las
altas temperaturas de la cocción matan... - comenzó a decir Oliver.
- Eso no se
puede asegurar. Estas bacterias pueden ser muy adaptables. Tal vez hagan el
trabajo de miles de otros microorganismos. Son una especie de comodín, de
sirve-para-todo. Pueden adaptarse, enfrentarse a situaciones completamente
nuevas. No han debilitado sus defensas debido a la especialización.
- Además - dijo
Parsons -, no cocinamos todo. No cocemos las frutas, por ejemplo. Y la mayoría
de vosotros arma una batahola si la carne no está medio cruda.
- Lo que no
puedo comprender es por qué atacó a Fullerton - dijo Weber -. ¿Por qué tiene
mayor producción que cualquiera de nosotros? Comenzó a comer los animales al
mismo tiempo que todos.
Recordé aquella
ocasión, cerca del arroyo.
- Comenzó antes
- les expliqué -. No tenía más mondadientes, así que comenzó a masticar los
tallos de hierba. Lo vi hacerlo.
Sé que la cosa
no era nada agradable. De todas formas, debían de pensar que en una o dos
semanas tendrían un grado de infección similar al de Fullerton. Pero no veía
cómo podía no decírselo. Hubiera sido criminal no haberlo hecho. No había forma
de reflexionar demasiado en un momento así.
- No podemos
dejar de comer criaturas - contestó Kemper -. Es toda la comida que tenemos. No
hay nada que podamos hacer.
- Si
volviéramos a casa ahora mismo - dije -. Tenemos mi maletín de raciones
especiales.
No me dejaron
terminar de ofrecerles lo mío. Me golpearon en la espalda, luego se golpearon
entre ellos y se rieron como locos.
No es que fuera
gracioso. Simplemente necesitaban reírse de algo.
- No nos
serviría de nada - dijo Kemper -. Algo te robamos ya. Además, tu maletín no
alcanzará hasta que lleguemos a casa.
- Podríamos
probar - dije.
- Tal vez sea
un trastorno transitorio - comentó Parsons -. Un poco de fiebre y nada más. Tal
vez esté alterado por el cambio de dieta.
Esperamos que
así fuera.
Pero Fullerton
no mejoró.
Weber tomó muestras
de sangre de los animales, y tenían una cantidad de bacterias tan alta como
Fullerton. Mucho más alta que en el recuento anterior.
Weber se echó
la culpa a sí mismo.
- Debería haber
tomado muestras más a menudo. Tal vez día por medio.
- ¿Y de qué
hubiera servido? - preguntó Parsons -. Aunque así lo hubieras hecho, igual
hubiéramos comido carne de las criaturas. No teníamos otra posibilidad.
- Tal vez no
sean las bacterias - dijo Oliver -. Podría ser que nos estuviéramos apresurando
a sacar conclusiones. Tal vez Fullerton tenga otra enfermedad.
Weber se animó
un poco.
- ¡Exacto! Los
animales están muy bien de salud.
Realmente,
estaban contentos y animados, en el mejor de los mundos.
Esperamos.
Fullerton no empeoró ni mejoró. Y luego, una noche, desapareció.
Oliver, que lo
estaba cuidando, se adormeció durante un rato. Parsons, que estaba de guardia,
no oyó nada.
Lo buscamos
durante tres días. No podía haber ido demasiado lejos, pensamos. Seguramente
había ido de un lado a otro, debido al delirio, y era muy posible que sus
fuerzas no le hubieran permitido cubrir una distancia grande. Pero no lo
encontramos.
Sin embargo,
encontramos una cosa muy rara. Era una especie de esfera, de una rara
sustancia, de color blanco y apariencia fresca. Su diámetro era de un metro y
cuarto, aproximadamente. La hallamos en el fondo de una hendidura, fuera de la
vista, como si alguien la hubiera puesto allí para esconderla.
La observamos
cuidadosamente, tocándola y desplazándola de aquí para allá, mientras nos
preguntábamos qué sería, pero la verdad es que estábamos buscando a Fullerton,
y no nos preocupamos demasiado de investigar. Luego, pensamos todos, tendríamos
tiempo para tratar de determinar su naturaleza.
Entonces los
animales comenzaron a tener fiebre, uno tras otro, salvo los controles, que
habían comido alimentos habituales hasta la noche de la espantada, que destruyó
nuestras raciones.
Después de eso,
por supuesto, todos comieron las criaturas. Pasados dos días, la mayoría de los
animales había enfermado. Weber se puso a examinarlos, casi sin tomarse tiempo
para descansar. De más está decir que ayudamos en todo lo que pudimos.
Las
preparaciones hechas con la sangre revelaron la presencia de una gran cantidad
de bacterias. Weber comenzó una disección, pero no la terminó.
Una vez que
hubo abierto al animal, dio una mirada rápida y lo tiró a la lata de
desperdicios. Lo vi, pero no creo que los otros también lo hubieran visto.
¡Estábamos tan ocupados!
Le pregunté por
eso más tarde, cuando nos encontramos solos durante un momento. Bruscamente,
cortó la conversación.
Esa noche me
acosté temprano porque tenía el segundo turno de guardia. Me pareció que sólo
había cerrado los ojos cuando escuché un alboroto que me puso la carne de
gallina.
Salté de la
cama y tanteé buscando los zapatos. Para entonces, Kemper había salido fuera de
la tienda.
Los animales
estaban en medio de un loco frenesí, tratando de liberarse, mordiendo las
barras de las jaulas y lanzándose unos contra otros en una especie de ciego
furor. Todo esto en medio de chillidos y gruñidos. El escucharlos daba miedo.
Weber se lanzó entre ellos, con una jeringa en la mano.
Después de un
rato que nos pareció larguísimo, quedaron muy tranquilos. Algunos se escaparon,
pero el resto dormía pacíficamente.
Tomé una de las
armas y me mantuve vigilando mientras el resto de los hombres volvió a la cama.
Me quedé cerca
de las jaulas, paseándome de un lado a otro porque estaba demasiado tenso como
para poder estar sentado.
Me parecía que
entre la fuga de Fullerton y el frenesí de los animales para escapar había
mucho en común.
Traté de pasar
revista mentalmente a lo que había visto en ese planeta, y me di cuenta que me
empantanaba en cuanto quería que las cosas tuvieran una hilación lógica. La
línea de pensamiento siempre me llevaba a lo que había dicho Kemper acerca de
la falta de mecanismos de defensa en las criaturas.
Tal vez, me
dije, realmente tenían un mecanismo de defensa, después de todo. El más sutil,
impalpable, extraño de aquellos que el hombre pudiera haber hallado jamás.
Tan pronto como
el campamento se puso en actividad, me dirigí hacia mi tienda para echarme un
rato, tal vez, para echar un sueñecito.
Agotado, dormí
varias horas. Kemper me despertó. Era por la tarde, y los últimos rayos del Sol
se veían a través de la abertura de la tienda. La cara de Kemper estaba
contraída.
Parecía que
hubiera envejecido desde la última vez que lo vi, hacia menos de doce horas.
- Se están
enquistando - dijo, desesperado -. Se están convirtiendo en larvas, en
crisálidas, en...
Me senté, rápidamente.
- ¡Lo que
encontramos ayer!
Asintió.
- ¿Fullerton?
- Iremos allí.
Los cinco. Dejaremos el campamento y los animales solos.
Tuvimos
dificultades para encontrarlo, puesto que el terreno era tan plano y monótono
que no se encontraban marcas.
Pero finalmente
lo localizamos, mientras el crepúsculo comenzaba a acentuarse.
La esfera se
había dividido en dos, no en forma regular, sino siguiendo una línea dentada.
Parecía un huevo incubado, del que fuera a salir un pollito.
Las mitades
estaban allí, en la oscuridad creciente, en el silencio que reinaba bajo las
relucientes estrellas. Un último adiós y un nuevo comienzo, un terrible hecho
extraño.
Traté de decir
algo, pero me hallaba tan atontado que no estaba completamente seguro de lo que
debía de decir. De todas formas, las palabras murieron en mi boca y en la
torpeza de mi lengua, antes de que pudiera pronunciarlas.
Porque no eran
solamente las dos mitades del extraño huevo, sino las marcas de la depresión,
la impresión de lo que había estado allí, borradas y distorsionadas por lo que
luego le había pasado. Volvimos al campamento.
Alguien, creo
que fue Oliver, encendió la linterna. Estábamos anonadados, no nos sentíamos
capaces de mirarnos. Sabíamos que no era momento de discusiones, que no había
forma de especular o negar lo que habíamos visto a la luz mortecina del
crepúsculo.
- Bob es el
único que tiene alguna oportunidad de salvarse - dijo Kemper, en la forma más
concisa que le fue posible -. Creo que debe de irse ya. Alguien debe de volver
a Caph. Alguien debe de poder contarles lo que pasó.
- Tenías razón
- le dije con una voz que era poco más que un susurró. ¿Recuerdas cómo te
preocupaba el hecho de que no tuvieran mecanismos de defensa?
- Por supuesto
que los tienen - acordó Weber -. El mejor de todos. No hay forma de vencerlos.
No te combaten. Te absorben. Te convierten en uno de ellos. No me extraña que
en este planeta sólo existan estas criaturas. No me extraña que la ecología sea
tan simple. Son capaces de determinar exactamente cómo es uno desde el instante
en que pone el pie en este planeta. Si se toma un sorbo de agua, si se masca un
trozo de hierba, si se come un trozo de carne, uno queda en su poder.
Oliver salió de
la oscuridad y caminó cruzando el círculo de luz de la linterna. Se paró frente
a mí.
- Aquí tienes
tu maletín y las notas - me dijo.
- ¡Pero no
puedo abandonaros!
- ¡Olvídate de
nosotros! - protestó Parsons -. No somos seres humanos... En unos pocos días...
Cogió la
linterna y fue hacia las jaulas, manteniendo la luz alta para que pudiéramos
ver.
- Miren - dijo.
No había
animales. Solamente vi las larvas, las pequeñas criaturas y las larvas que se
partían por la mitad.
Vi que Kemper
me miraba, y, por encima de todas las cosas, vi la compasión reflejada en su
rostro.
- No quieras quedarte
- me dijo -. Si lo haces, dentro de uno o dos días va a venir una de las
criaturas, va a caer muerta frente a ti, y te vas a volver loco en el viaje de
vuelta, tratando de saber si era uno de nosotros.
Se fue. Todos
se fueron, y súbitamente me di cuenta de que estaba solo.
Weber había
encontrado un hacha en alguna parte, y ahora estaba recorriendo la hilera de
jaulas, rompiéndolas para dejar salir a las pequeñas criaturas.
Fui lentamente
hasta la nave y me detuve al pie de la escalerilla, manteniendo el maletín y
las notas fuertemente apretados contra mi pecho.
Me di la
vuelta, los miré uno a uno y entonces me pareció que no iba a ser capaz de
dejarlos.
Pensé en lo que
habíamos vivido juntos, y cuando traté de recordar algo especifico, en lo único
que pude pensar fue en las veces y veces que me gastaban bromas por mi maletín
de la dieta.
Y recordé las
ocasiones en que tenía que irme y comer solo, para no sentir el olor de lo que
estaban comiendo. No olvidé ninguno de los diez años en que había estado comiendo
esa porquería de papilla, y que nunca podría comer como un ser humano, porque
tenía el estómago ulcerado.
Tal vez ellos
fueran los afortunados, me dije. Si un ser humano se transformaba en una
criatura, probablemente tendría un estómago sano, y jamás deberían de
preocuparse por cuánto o qué comía. Las criaturas nunca comían otra cosa que
hierba, pero tal vez esa hierba les sabía tan magníficamente como a nosotros un
trozo de carne o un pastel de calabaza.
Me quedé un
rato inmóvil, pensando. Luego tomé el maletín de mi dieta y lo tiré tan lejos
como pude. Arrojé las notas al suelo.
Volví al
campamento y al primero que vi fue a Parsons.
- ¿Qué has
hecho para cenar? - le pregunté.
FIN
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